
Quizás sea este el modo más sencillo de iniciar esta bitácora. Si hemos decidido pararnos a pensar un poco, lo mejor será invocar la memoria de los maestros. Un día de ¿mayo? de hace ocho o nueve años Jorge Almazán y yo nos encaramamos al Cerro del Aire para entrevistar a Miguel Fisac. Yo ponía el coche, un R5 de cuatro marchas (como mucho), y Jorge la cita.
Primera parada, la iglesia de los dominicos que se encuentra justo antes de llegar a su casa. En aquel laboratorio de luz estuvimos un buen rato entre los rojos meridianos y los azules mirando a norte que se funden en un blanco puro desparramándose por el centro de aquella cintura de avispa en medio de la iglesia. La segunda parada, subiendo una sinuosa escalera, fue el zaguán de su casa. Penumbra levemente alumbrada por encima de la puerta y un perchero con sombreros de los que ya casi nadie utiliza. Como no somos nadie tenemos que presentarnos. No hace falta y, al primer apretón de manos, comenzamos a ser alguien. El maestro resultó ser todavía mejor persona que arquitecto. En el suelo una prueba de hormigón blandamente encofrado y todavía fresco, y sobre un caballete un cuadro sobre San Juan de
Al final salimos con la mochila repleta de cosas mientras él, como dijo Machado, va tratando de hacer su equipaje cada vez más ligero. ¡gracias maestro!. ARTURO PERIS HUESO