Charles Chaplin decidió mirar el mundo a través de los ojos de un vagabundo inolvidable convertido, después de casi cien años, en el mayor icono de la historia del cine. El personaje propone una mirada sobre la prosperidad ajena desde la miseria propia. La trágica realidad de Charlot es, al mismo tiempo, el mejor sustrato para su comicidad: un delicado ejercicio de equilibrismo sobre los acantilados de nuestra existencia.
Una propuesta, una invitación.
En 1927 la historia del cine mudo cambia bruscamente. La aparición del cine hablado precipita una vertiginosa metamorfosis en la industria cinematográfica. Charlot es un personaje en-fundado sobre su extraordinaria mudez, pero eso, de repente, carece de interés para la masa, fascinada por la novedosa asociación de voz y fotograma. La versión hablada del vagabundo se presenta forzada e inverosímil: su ropa, sus movimientos exagerados de pies a cabeza, su rostro híper-expresivo o su bastón: todo su ser se construye a partir de su incapacidad de locución. La prensa se muestra expectante ante la difícil situación. La técnica, como siempre, parece señalar el final de una época. Sin embargo Chaplin, en un ejercicio de inteligencia e ironía difícilmente superable, rescata la mudez desde el sorprendente alumbramiento de un tercer género: el cine sonoro. El invento cristaliza en una de las mejores películas de la historia: city lights.
Es esta una reivindicación decidida por las propuestas que trascienden su propia especificidad; aquellas que se corresponden con una mirada íntima sobre el mundo y las personas; esas que realmente proponen una estrategia novedosa sobre la realidad polarizada y se constituyen como un mapa de nuestras emociones.
Y esto vale para el cine y para la arquitectura. MIGUEL ÁNGEL DÍAZ CAMACHO
