1/6/08

LA CONQUISTA DEL AIRE

1. LA ESTRATEGIA

Nada más acceder, unas escaleras facilitan el continuo flujo de personas hacia un espacio longitudinal a doble altura. Una vez allí nos espera la visión de un número importante de gente mirando el reloj, con cierta impaciencia por la espera. También se observa cierto tedio. Al fin se detiene con una frenada suave y se abren las puertas. El tropel de gente se apretuja dentro. Es increíble lo pequeña que es la burbuja personal en las grandes ciudades. Algunos miran hacia abajo y otros hacia arriba. La mayoría ni siquiera mira. Del exterior nos llega únicamente el zumbido propio de la maquinaria. Se abren nuevamente las puertas. Unos cuantos salen y otros entran. Salvo extrañas coincidencias los saludos son inexistentes. Un viaje de este tipo posee la extraña cualidad de la desorientación momentánea. Meterse dentro de una madriguera para desplazarse tres o cuatro paradas tiene connotaciones de establo.

La diferencia estriba en el aspecto medio del usuario. Aquí no hacen su aparición acordeonistas extranjeros, ni monos de trabajo manchados de pintura. Tampoco hay hiphoperos con gorras de cuero negro ni carteristas con chaquetas gastadas de tweed. Aquí lo que se lleva es el traje de sastre y los relojes de importación. El ascensor de un rascacielos tiene muy pocas diferencias si es comparado con un vagón de metro.

Desde los 350 pies del Latting Observatory en la incipiente ciudad de Nueva York hasta los 800 metros de la Burj Dubai, la construcción de un rascacielos escenifica el deseo de dominio absoluto del hombre sobre la naturaleza. El objetivo es la conquista del aire, pero, en la mayoría de los casos, la estrategia sigue siendo subterránea.

ARTURO PERIS HUESO

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