Parto del “no saber sabiendo” de Juan de la Cruz y añado que el pensamiento poético es música en su origen; pienso que estoy —que estamos— en una tradición en la que el lenguaje poético no es informativo, sino que crea lo que no existía y lo revela; opino que la poesía no es un género literario; que no es incluso literatura. Que es una emanación existencial y que, por eso mismo, puede darse en todos los géneros; creo también que la poesía es antes sensible que inteligible; o que, como viene a decir Eliot, es inteligible a partir de la sensibilidad.Antonio Gamoneda
Un poeta es un hombre que se mueve, busca, olfatea, realiza una acción y esa acción transforma el universo. Pero hay más: ese hombre ya no es el mismo después de realizar esta gesta. Aquí no hay adornos, no hay magia ni tampoco seducción. Una acción es siempre algo fuerte, referencial y con capacidad de modificar.
¿Se puede afirmar que existe una poética de la arquitectura? La pregunta puede derivar fácilmente hacia el terreno de lo romántico, lo estúpido o lo cursi. No me quiero referir aquí a esa visión fácil en la que unas gotas de sensiblería sumadas a un poco de armonía dan como resultado un producto que actúa como narcótico. La poesis griega comenzó con la necesidad de copiar la naturaleza y ponerla delante de los ojos. Y Aristóteles aclara que el término naturaleza no se usa aquí, perdón por la ironía, como lechuga o como chimpancé, sino como actuar humano, porque en el reino vegetal, mineral o animal no hay ninguna poesía. Sólo el hombre es capaz de auto transformarse libremente. En esta capacidad de confeccionar la propia existencia mediante gestos, palabras y decisiones es donde lo poético encuentra su madriguera profunda. Se llega a un territorio donde no hay fronteras de ningún tipo, y donde no tiene sentido hablar en términos taxonómicos: palabra, construcción, pigmentos, miradas, política, puesta en escena, ecología o solidaridad pueden llegar a ser, todos ellos, modos de actuar poéticamente.
Un poeta debe cambiar el mundo desde su tarea fuerte y áspera, porque, como dice Claudio Magris:
¿Se puede afirmar que existe una poética de la arquitectura? La pregunta puede derivar fácilmente hacia el terreno de lo romántico, lo estúpido o lo cursi. No me quiero referir aquí a esa visión fácil en la que unas gotas de sensiblería sumadas a un poco de armonía dan como resultado un producto que actúa como narcótico. La poesis griega comenzó con la necesidad de copiar la naturaleza y ponerla delante de los ojos. Y Aristóteles aclara que el término naturaleza no se usa aquí, perdón por la ironía, como lechuga o como chimpancé, sino como actuar humano, porque en el reino vegetal, mineral o animal no hay ninguna poesía. Sólo el hombre es capaz de auto transformarse libremente. En esta capacidad de confeccionar la propia existencia mediante gestos, palabras y decisiones es donde lo poético encuentra su madriguera profunda. Se llega a un territorio donde no hay fronteras de ningún tipo, y donde no tiene sentido hablar en términos taxonómicos: palabra, construcción, pigmentos, miradas, política, puesta en escena, ecología o solidaridad pueden llegar a ser, todos ellos, modos de actuar poéticamente.
Un poeta debe cambiar el mundo desde su tarea fuerte y áspera, porque, como dice Claudio Magris:
Tal vez no pueda existir un verdadero desencanto filosófico, sino solo poético, porque solamente la poesía es capaz de representar las contradicciones sin resolverlas conceptualmente, sino componiéndolas en una unidad superior, elusiva y musical.
La poesía, según Gamoneda no es, ni siquiera, literatura. Invirtamos los términos y lo veremos más claro: la literatura puede llegar a ser poética, y la arquitectura, y también la poesía debería ser poética. Gamoneda es un auténtico poeta, un demiurgo deslavazado de las intuiciones. Si Antonio Gamoneda fuese arquitecto, sus formas despojadas serían imposibles de fotografiar. Quizás no saldría en las revistas. Quizás no sería conocido por nadie. ARTURO PERIS HUESO




