Warhol idolatraba los objetos. Se sacó de la chistera una religión nueva donde todo, incluídas las propias personas, eran convertidos en consumibles, iconos para el mercado. Las técnica era sencilla e innovadora. Operaciones como la repetición sistemática y burda, transformaron a Mao o a Marilyn en botes de sopa barata, haciendo trizas la personalidad y la condición única del personaje representado. El mero hecho de “vender” su imagen al más puro estilo rosa logró imponer lo más superficial, planchando el relieve más o menos atractivo procedente de la intimidad de estos famosos. En el fondo, Warhol no ha hecho sino convertir en arte la práctica habitual del entramado mediatico y comercial. Una vez más la maquinaria aplastando el individuo. En Hockney todo es mucho más inteligente, hasta el punto de conseguir moverse en esa delgada línea que une y separa la crítica velada y la adhesión sutil. El mundo ensalzado y criticado de La gran zambullida es el del “American Beauty”. El mundo de la felicidad que se puede comprar con dinero. Aquí el hedonismo no está por encima del hombre porque éste sencillamente no existe. Ha desaparecido debajo de las cinco o seis formas de burbujeo acuático que con detallismo casi flamenco superpuso el autor dedicándoles semanas. El instante ha conseguido sepultar al hombre. Y no sabemos si saldrá a flote en el fotograma posterior o si por el contrario el Big Bang que dio lugar al hombre será desplazado por el nuevo imperio de A Bigger Splash, donde el hombre retorna a la nada. ARTURO PERIS HUESO
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